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diciembre 17, 2011 / Parte del Boletín Nº 80 0

Triple discriminación para las mujeres rurales

Este estudio describe la exclusión económica, social y política que viven las mujeres por ser pobladoras del campo, y por el impacto desproporcionado que genera sobre ellas el conflicto armado y otras formas de violencia.

‘ Mujeres rurales, gestoras de esperanza’ , es el segundo de una serie de seis Cuadernos complementarios del Informe Nacional de Desarrollo Humano 2011 ‘Colombia rural, razones para la esperanza’.

Tres enfoques para revertir un proceso cultural de largo aliento

El estudio, publicado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y ONU Mujeres, atribuye esa triple discriminación a un proceso cultural de largo aliento que les ha asignado papeles, funciones y espacios de acuerdo con su género, cimentando relaciones desiguales de poder y de subordinación a los hombres.

En muchos casos, esa construcción cultural ha sido lastimosamente reforzada por la política pública, lamentan los autores, para quienes todas las acciones y programas futuros deben estar orientadas por el enfoque de género, el enfoque de derechos y el enfoque del reconocimiento de los aportes sociales y económicos de la mujer rural a la sociedad, a partir de los avances de las dos últimas décadas y aprovechando los escenarios normativos, institucionales y políticos existentes.

Los tres enfoques suponen, por ejemplo, que las estrategias respondan efectivamente a los obstáculos particulares que enfrentan las mujeres, que se corrijan las políticas y prácticas sociales que desconocen la relación entre el trabajo productivo y las funciones reproductivas de las mujeres y que se apliquen sin restricciones las obligaciones nacionales e internacionales sobre derechos humanos adquiridas por el Estado.

La trampa de la pobreza

En el mundo rural hay cinco millones de mujeres, que representan el 47,5 por ciento de la población del campo. El 81,6 por ciento de las mujeres rurales jefas de hogar, no tiene cónyuge. Su tasa promedio de desempleo en 2010 fue “explosiva” (9,6%), teniendo en cuenta que de ellas depende todo el núcleo familiar y que están sumidas en una trampa de pobreza más compleja que la de los hombres. De 100 en edad de trabajar, solo 28 lo hacen. Y aunque tienen mayores niveles educativos que los varones, los ingresos de ellos son superiores.

El acceso al mercado laboral

Para acceder a factores productivos, las mujeres rurales deben aceptar condiciones laborales más precarias, bien porque no alcanzan a sobrevivir con parcelas propias (cuando las tienen) o porque no se les reconocen actividades como agricultoras, empresarias, asalariadas o trabajadoras informales, no obstante que el 62,3 por ciento de sus empleos están en el sector de ventas y servicios, el 22,6 por ciento en la agricultura, la casi totalidad de las asalariadas trabajan para la floricultura, miles han logrado reivindicaciones importantes en el acceso a bienes como ganado y tierra, y muchas se incorporan a huertas caseras, parcelas secundarias y actividades de procesamiento.

Sin embargo, la tasa de participación de las mujeres rurales pasó de 21,4por ciento en 1980 a 32,4 por ciento en 2000 –ubicándose desde entonces por encima del promedio latinoamericano– y en forma más acelerada que de las urbanas y los hombres rurales. Pasaron de representar el 11,55 por ciento de la fuerza laboral agrícola en 2006, al 13,8 por ciento en 2009. Aunque positiva, la respuesta es insuficiente, porque también ha aumentado el número de desempleadas, en parte porque no se ha dado prioridad al crecimiento de sectores intensivos en empleo femenino.

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