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junio 29, 2008 / Parte del Boletín Nº 45 0
Pedro Guell

Políticas sociales e historia

Las políticas públicas se han convertido en el principal instrumento con el cual los Estados intentan crear bienestar, cohesión y gobernabilidad. No siempre ocurrió que el medio privilegiado de la acción política fueran estos instrumentos técnicos, altamente especializados en su ámbito de aplicación, ejecutados según cálculo racional de sus costos y beneficios y conducidos por pequeños grupos de expertos. Esta es una novedad de la época. Probablemente ello tenga tanto beneficios como riesgos. Entre los primeros está que se cuidan los recursos públicos y se aumentan ciertos rendimientos objetivos; entre los segundos está reemplazar el rol de la deliberación pública – a veces aparentemente algo irracional o económicamente ineficiente – en la determinación de los fines y los medios de la organización de la sociedad.

Tiene poco sentido pensar la relación entre deliberación democrática y políticas públicas de orientación tecnocrática como si se tratara de simples opciones ideológicas o como alternativas excluyentes. La complejidad de los problemas sociales y el afianzamiento de la democracia exigen hoy ambas cosas a la vez. Entonces no se trata de elegir entre ellas, sino de pedirle a cada una lo suyo y en la medida adecuada. Pero además, hay que pedirles que se definan de una manera que haga posible la relación y equilibrio entre ambas.

Esto es lo que se echa de menos. Respecto de las políticas públicas de orientación tecnocrática – que es de lo que se tratará aquí – se tiene la impresión de que a veces ellas se alzan como una alternativa que se propone corregir la ineficiencia de la deliberación y de la participación social. A veces se oye decir que el nuevo enfoque de políticas públicas es un antídoto contra el populismo reinante en la acción pública latinoamericana. Como si ellas fueran simples objetos neutrales, diseñados por la voluntad libre de los planificadores y pensando exclusivamente en su productividad inmediata; como si pudieran ser aisladas, tanto en sus condiciones de producción como en su impacto, de la sociedad y del movimiento histórico en el que existen. Como si la objetividad técnica que pretenden las depurara de la aparente irracionalidad que parece dominar a los temores y aspiraciones de las mayorías que imperan en la política a secas.

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