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octubre 17, 2008 / Parte del Boletín Nº 49 0

Lanzan primer Informe de Desarrollo Humano sobre una ciudad capital

El Informe se ocupa de entender la transformación reciente de Bogotá y su crecimiento futuro, a la luz del paradigma de desarrollo humano. Lleva el título de ‘Bogotá, una apuesta por Colombia’ porque es la ciudad que ha generado más desarrollo humano en el país y porque ofrece mejores perspectivas para construir una sociedad con paz, justa y duradera. Para esta publicación se realizó el Índice de Desarrollo Humano Urbano.

Desarrollo humano en un contexto urbano

Una de las premisas orientadoras del Informe es que las condiciones espaciales favorecen o impiden el desarrollo humano de las personas. Los autores—dirigidos por el economista Jorge Iván González—indagan por el desarrollo humano en un contexto urbano y desde la perspectiva de que Bogotá es una metrópoli que avanza aceleradamente hacia una megalópolis con unos 11 millones de habitantes en el 2020.

Bogotá está en el listado de ciudades que, a partir de este año, y por primera vez, albergan un poco más de la mitad de la población humana: 3.300 millones de personas. Por tanto, Bogotá no puede estar ajena al hecho de que en 2030, los residentes urbanos serán 5.000 millones y las ciudades de los países en desarrollo albergarán 80% de la población mundial, pero no con 930 millones de pobres sino con 2.000 millones.

¡Novedad!: El Índice de Desarrollo Humano Ubano (IDHU)

El Informe ha construido un Índice de Desarrollo Humano Urbano (IDHU) que, por primera vez, inserta la dimensión espacial en ese indicador de uso universal, con variables como la distancia a los equipamientos urbanos (accesibilidad) y los tiempos de desplazamiento (movilidad). Los autores pretenden determinar cómo la distribución espacial influye en las condiciones de vida y oportunidades de las personas. No se trata de una georeferenciación de los problemas socioeconómicos, es decir, de saber apenas dónde están los pobres en el espacio.

Este IDHU es más exigente con los indicadores convencionales de desarrollo humano, por las siguientes razones:

La variable de longevidad—que suele medirse por la tasa de esperanza de vida en los países—fue reemplazada por un proxy de mortalidad infantil para niñas y niños menores de un año, por dos razones: a) permite desagregar a nivel de localidades y hacer comparaciones entre ellas, mientras que la esperanza de vida se mide a nivel del Distrito Capital; b) es mucho más sensible a la intervención de la política pública, porque el Distrito tiene un margen de acción más directa y amplia sobre esa variable.

La variable del ingreso es más exigente. Se utiliza el Ingreso disponible para la ampliación de las capacidades (YDAC) que se obtiene así: del ingreso inicial del hogar se restan los pagos de impuestos, tasas y tarifas (renta, IVA, predial, vehículos) y se suman los subsidios estatales (nacionales o distritales).

En Bogotá se consideraron los subsidios en educación a cada niño o niña matriculados en un establecimiento público, en salud (el valor de la UPC del régimen subsidiado) y en los servicios públicos domiciliarios. El YDAC es mejor indicador desde el punto de vista distributivo.

La variable de educación utilizada fue la cobertura educativa, pero se midió también la correspondencia entre la edad y el grado escolar en curso.

Finalmente, se construyó la variable espacial-urbana con las distancias a los equipamientos urbanos (accesibilidad) y los tiempos de desplazamientos hacia el estudio y el trabajo (movilidad). En el primer caso se tomaron como referentes los parques y se calcularon los metros cuadrados por habitante en cada localidad.

No es un tratado enciclopédico o una colección de temas sobre Bogotá

Los autores abordan un tema —o un aspecto concreto— solo porque tiene una relación directa y bien establecida con el paradigma de desarrollo humano, o porque es pertinente para explicar hechos o procesos específicamente urbanos que gravitan sobre él. En Bogotá, por ejemplo, importan el potencial de riqueza del suelo urbanizable, el recaudo de plusvalías, las soluciones al transporte (movilidad) o el acceso a los equipamientos urbanos (accesibilidad).

De nuevo, si el paradigma invoca también la ampliación de las capacidades institucionales, se pide un margen de acción más amplio para el Distrito, el fortalecimiento de su aparato institucional y financiero, y más coordinación y complementariedad entre los mecanismos de participación y representación ciudadana. Es obvio que de la conjugación virtuosa de esos factores depende mucho que la riqueza del suelo, las plusvalías, la movilidad y la accesibilidad sirvan a todas las personas—y no siempre a las mismas o unas pocas—especialmente a las más pobres.

La ausencia explícita de un tema o de un aspecto en particular no significa que el Informe los subestime. Así, por ejemplo, si se dedica un párrafo a la necesidad de modelos de gestión ambiental que reconocen a poblaciones excluidas y las incorporan al sector formal de la economía, es necesario sacrificar detalles sobre la Estructura Ecológica Principal o un párrafo sobre la afectación en la salud por cuenta de la contaminación electromagnética o la mala calidad del combustible diesel que se consume en Bogotá. Y no por capricho, apetencia o aborrecimiento personal hacia un tema sino porque el paradigma de desarrollo humano incita a hacer explícitas las oportunidades para la participación ciudadana y la inclusión social y económica. Lo esencial, en todo caso, es actuar para que el disfrute de una vida larga y saludable en Bogotá, dependa de la calidad de los ecosistemas y sus servicios ambientales y de que la gestión ambiental no se limite a evitar el estallido urbano. Un ejemplo más: en lugar de largas series estadísticas sobre los indicadores de pobreza o un capítulo extenso dedicado exclusivamente a ese obstáculo mayúsculo del desarrollo humano, se incorporan comentarios sobre el impacto de los subsidios en el ingreso de los pobres, la importancia de la calidad educativa para el acceso de los pobres a un empleo digno y bien remunerado, o la relación futura entre cambio climático, seguridad alimentaria y nuevos procesos migratorios de pobres hacia la Sabana de Bogotá.

El Informe es una mirada plural y ordenada de saberes sobre la ciudad y, por tanto, dista mucho de un texto de sabios o iluminados. Aquí no está dicho todo, pero tampoco falta todo. Creemos que se encuentra lo suficiente para animar un debate público e informado sobre cómo Bogotá puede seguir transformándose con el sello del desarrollo humano. Confiamos en que está lo necesario para poner en marcha esa empresa colectiva, lo probado en otras latitudes para aprovechar la experiencia ajena, lo logrado localmente para seguir construyendo sobre lo construido, y lo que han comprobado o argumentado los académicos para avalar o descartar las intuiciones sobre la ciudad y, en consecuencia, proceder con celeridad y certeza en la dirección escogida.

El Informe no fue escrito por una sola persona, pero sí por unas pocas responsables de interpretar y dar vocería en el menor número de páginas y de palabras, a las muchas que contribuyeron con él. Hasta donde ha sido posible los redactores han respetado sus estructuras y modos narrativos, procurando que las ideas principales de cada quien no se pierdan y que el texto fluya como un solo relato, aunque consintiendo matices del talante idiomático, semántico y estético de cada quien.

La transformación de Bogotá en una megalópolis con desarrollo humano es un desafío monumental y de largo aliento. Confiamos en que la lectura de este Informe desate el coraje y la determinación personal y colectiva que esa empresa demanda.

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